jueves, 24 de enero de 2008

Rechazo a nuevas comidas por parte de los niños estaría en los genes


Investigadores examinaron los hábitos de comer de 5.390 pares de gemelos entre los 8 y 11 años y encontraron que las aversiones a alimentos nuevos son en su mayor parte heredadas.

Si sus hijos no son solo melindrosos con lo que comen, sino inclinados a rechazar los alimentos, sepa que el problema no es por cómo cocinan, sino que está en sus genes. Estrategias para introducir nuevos sabores.

Una semana de cenas para la pequeña Fiona Jacobson es como sigue: Fideos. Fideos. Fideos. Fideos. Papas fritas. Fideos. El séptimo día, la niña de cinco años podría darse el gusto de una pieza de corteza de pizza, sin salsa ni queso.

En Nueva Jersey, los Baker cambiaron sus vacaciones para darle gusto a Sasha, un niño de 11 años que muestra tal aversión a las frutas y las verduras que el olor del jugo de naranja en ocasiones lo hace desmayarse. En vez de volar a Praga (República Checa), decidieron ir a Barcelona (España), donde esperan que la comida sea más de su gusto.

Y en casa de la familia Useloff, los gustos del joven Ethan son tan estrechos que su hogar funciona casi como un restaurante. "Cometo el error de toda mamá y hago cenas diferentes para todos", dijo Jennifer Useloff.

Las tres familias comparten un problema común. Sus hijos no son solo melindrosos con lo que comen, inclinados a rechazar los alimentos que alguna vez parecieron adorar, sino que también son neofóbicos, lo cual significa que temen a la comida nueva.

Pero para los padres que se preocupan de que sus hijos nunca comen nada salvo leche con chocolate y una uva ocasionalmente, un nuevo estudio ofrece alivio.

El mensaje a los padres: No es cómo cocinan, son sus genes. El estudio, encabezado por la doctora Lucy Cooke del departamento de epidemiología y salud pública en el Unviversity College London, al parecer es el primero en usar una escala estándar para investigar la contribución de la genética y el ambiente a la neofobia infantil.

Según el informe, 78 por ciento es genético y el otro 22 por ciento ambiental. "La gente ha echado de lado esta idea porque han estado analizando las asociaciones sociales entre los padres y sus hijos -dijo Cooke-. Mi posición es la de no querer culpar a los padres".

Nutricionistas, pediatras e investigadores recientemente trasladaron su atención de los niños que comen muy poco a los que comen demasiado. Pero los casos de obesidad son menos frecuentes que los casos de los quisquillosos.

La mayoría de niños come una amplia variedad de alimentos hasta los dos años, cuando repentinamente dejan de hacerlo. La fase puede durar hasta los 4 o 5 años. Es una respuesta evolutiva, creen los investigadores. "Si hubiéramos salido corriendo de la cueva como pequeños cavernícolas y nos hubiéramos metido cualquier cosa a la boca, eso habría sido potencialmente peligroso", dijo Cooke.

Un escepticismo natural ante los nuevos alimentos es una parte saludable del desarrollo de un niño, dice Ellyn Satter, experto en nutrición infantil. Cada uno tiene un conjunto de cosas que le gustan o disgustan que Satter cree que está genéticamente determinado. La única forma en que los niños descubren lo que son es llevándose comida a la boca y haciéndolo una y otra vez.

"Por supuesto, es difícil cuando los niños son displicentes sobre la comida o la rechazan, especialmente para padres que pasan mucho tiempo pensando en ella y preparándola", dice.

Cuestión de persistencia

Aun cuando la neofobia a la comida parece ser genética, los médicos dicen que los padres de niños melindrosos para comer no pueden simplemente rendirse y cocinar otro tazón de pasta.

La gente que estudia a los niños inclinados a tirarse al suelo ante un brócoli coincide en que la exposición repetida y calmada a nuevos alimentos cada día durante cinco días o máximo dos semanas es una forma efectiva de superar los temores de los niños.

Por supuesto, intentar introducir el mismo alimento semana tras semana puede ser una tarea muy dispendiosa. Algunos padres simplemente se rinden o inventan estrategias como encubrir u ocultar algunos alimentos con otros.

Algunos expertos no aceptan ese método. Esta la cuestión de ser descubierto, en cuyo caso un niño podría no confiar en nuevos alimentos que los padres le presenten. Y ocultar los alimentos no ayuda a que el niño aprenda a apreciar nuevos sabores.

"Lo que queremos es que a los niños les gusten muchos alimentos diferentes -dijo Patricia Pliner, profesora de sicología social de la Universidad de Toronto-. Si la ahuyama se disfraza perfectamente, los niños no están aprendiendo nada.
Bueno, están aprendiendo algo, pero no es cómo sabe la calabaza".

Si ni la introducción repetida ni ocultar las verduras funciona, y en tanto el pediatra vigile la salud del niño, los expertos no sugieren nada más que paciencia.

"A menos que se vuelva un problema enorme, tiende a ser un poco más fugaz de lo que los padres piensan -dice Harriet Worobey, directora de la Preescuela de Ciencias Nutricionales de la Universidad Rutgers-. Sé que un año puede parecer cinco para los padres, pero estos episodios con la comida son normales".

Expertos Sugieren

Estrategias para hacer que el niño pruebe nuevos alimentos:

-Las comidas deben servirse sin diferencias para los niños. Prepare los platillos que disfrute, e introduzca nuevos alimentos junto con dos cosas que le gusten al niño. Incluso si el niño se come solo el pan por ocho días consecutivos, siga ofreciendo alternativas.

-Adapte los platillos a formas y tamaños amigables para el niño. Si hace un estofado, separe los componentes en platos separados en piezas lo bastante grandes para que un niño las tome. Así, todos en la mesa pueden seleccionar la cantidad que quieran.

-Nunca diga a un niño que tiene que probar todo, pero aliente el sondeo de nuevos alimentos.
Tranquilícelo diciéndole que podrá escupir cortésmente si el sabor no es bueno para él.

-Mantenga las cosas en calma y apague el televisor. Los niños neofóbicos en ocasiones rechazan la comida como una forma de controlar una sobrecarga de estimulación.

-Si no comen nada, deje de ofrecer comida de nuevo hasta la hora de la merienda un par de horas después.

-No use recompensas para hacer que el niño coma. El tiempo de televisión no debería ser un soborno para comer brócoli.

-Los menores de dos años deberían recibir tantos nuevos sabores como sea posible, antes de que empiece la etapa melindrosa.

KIM SEVERSON
THE NEW YORK TIMES NEWS SERVICE
NUEVA YORK

www.mamasybebes.com.ar

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