jueves, 24 de abril de 2008

La presentación de los niños al templo


En México, cuando un niño cumple tres años de edad, se impone llevarlo a “presentar al templo”. Se escoge a los padrinos, quienes deberán solicitar la ceremonia en la iglesia y vestir al niño.

La costumbre

En México, cuando un niño cumple tres años de edad, se impone llevarlo a “presentar al templo”. Se escoge a los padrinos, quienes deberán solicitar la ceremonia en la iglesia y vestir al niño. La elección de la ropa es toda una aventura en la que se da rienda suelta a la imaginación alentada, en parte, por el cariño.

Si es niño, podrá ir vestido de frac, de esmoquin, de charro o de cadete del Colegio Militar, con espadín y todo. Si es niña, se cuenta con la ventaja de la vanidad femenina presente desde la infancia y con la opinión de la misma pequeña. Al final, la niña será toda una reina, una flor hermosa, orgullo de sus padres y de sus padrinos. Ahora hay que escoger a los chambelanes, quienes se presentarán en la iglesia vestidos de cadetes o de charros.

Los chambelanes son parte importante de la celebración porque, ya en casa de la festejada, bailarán con ella un vals o algún baile infantil cuidadosamente preparado y ensayado por alguna entusiasta maestra de baile improvisada que nunca falta. No sabemos quién se divierte más, si los niños o los adultos. Después viene el pastel y los juegos infantiles en los que se puede contratar un espectáculo de payasos o la renta de un juego inflable. Las familias con más recursos suelen contratar un local de fiestas infantiles con todo el paquete incluido.

La ceremonia en el templo es el centro de la fiesta y se caracteriza porque asisten muchos niños de todas las edades. Es una fiesta de niños. Como no existe un ritual litúrgico de la presentación de los niños al templo, el sacerdote usa, normalmente, el rito de bendición de los niños y hace una oración especial alusiva a la presentación del pequeño.

Los asistentes toman muy en serio esta celebración y la viven con verdadera devoción, a pesar de la lata que suelen dar los niños presentes que no están acostumbrados a asistir a la iglesia. Las fotos y los videos guardarán la historia para recreo de la memoria.

Pero, a final de cuentas, ¿qué celebran? ¡No lo saben!; la mayoría de las familias mexicanas sólo siguen la costumbre y aprovechan para celebrar una fiesta que une a todos sus seres queridos.


¿Qué celebran?

Cuarenta días después de la Navidad, los católicos recordamos la presentación al templo del Niño Jesús, llevado por la Virgen María y san José. En México es ocasión de una gran fiesta en la que se llevan las imágenes del Niño Jesús al templo. Antiguamente las familias mexicanas tenían la costumbre del “sacamisa”, que consistía en llevar al templo al niño ya bautizado para que oyera misa por primera vez; esto se hacía exactamente cuarenta días después del nacimiento del bebé.

El sacerdote hacía una especial bendición a la madre y al niño recién nacido. Esta ceremonia recordaba, sin duda, la presentación del Niño Jesús al templo. ¿Por qué dejó de celebrarse? Quizás porque ahora ya no bautizamos a los niños dentro de la semana de haber nacido, sino hasta que la mamá pueda asistir con él a la ceremonia, y el Bautismo, ciertamente, es la presentación al templo por excelencia.

El 21 de noviembre la Iglesia celebra la fiesta, casi desapercibida, de la presentación al templo de la Virgen María, que recuerda una antigua tradición -no contenida en la Biblia- en el sentido de que la Virgen fue llevada al templo a esa tierna edad por sus ancianos padres, san Joaquín y santa Ana. Por amor a la Virgen, nuestro pueblo mexicano comenzó a presentar en el templo a las niñas -después también a los niños- con la finalidad de que se parecieran a la Virgen Santa y para encomendarlas a su maternal cuidado. Este es el origen de esta bella tradición.


¿Qué significa?

A la fiesta de la presentación del Niño Jesús, la Candelaria, los antiguos cristianos y los cristianos orientales la llaman Fiesta del Encuentro. Encuentro de Jesús con los profetas representados en los ancianos Simeón y Ana; encuentro con el pueblo escogido que esperaba a su salvador, pero también un primer encuentro de Jesús, Hijo de Dios, con su Padre en su propia casa, el templo de Jerusalén.

También nosotros podemos hacer de esta presentación de nuestros niños una fiesta de encuentro.

Si además de preparar el baile y de preocuparnos por la ropa y las fotos, nos preocupamos por dar a los niños una motivación espiritual para que su presentación al templo sea un verdadero encuentro con “Papá Dios”, nuestra fiesta tendrá plenitud de sentido. Podríamos significar la ceremonia como la primera vez que nuestro hijo reza con la comunidad el Padrenuestro, la forma como la Iglesia invoca al Padre cuando se reúne en asamblea.

Además de conseguir una maestra de baile, los papás le enseñarán a su hijo a rezar el Padrenuestro aprovechando la maravillosa memoria de los niños.

La ceremonia recuerda también a aquellos papás que acercaban a sus hijos a Jesús para que los bendijera y que, ante la oposición de los apóstoles que no querían que molestaran al Maestro, provocó esa frase que hoy los papás deben tener muy presente: “Dejen que los niños se acerquen a mí, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. La presentación es signo de todo un programa de educación cristiana en el que los padres, con su ejemplo, enseñan a los niños a amar a Jesús.


¿Es obligatoria?

La Iglesia recibió de Jesucristo siete sacramentos que son canales de su gracia para los discípulos. A esos siete sacramentos, que sí son obligatorios, se han añadido algunas celebraciones que, de alguna manera, nos llevan a recordarlos y a manifestar la presencia de Dios en nuestra historia.

La presentación de los niños al templo nos lleva a recordar el Bautismo y a dar gracias por la preciosa vida de nuestros hijos; las celebraciones de fin de curso escolar son agradecimiento por los dones de Dios; la celebración de los quince años es, de algún modo, recuerdo de la Confirmación, que marca la edad de la responsabilidad del cristiano en su comunidad.

Todas estas ceremonias no son obligatorias, nacen de la devoción popular que une todos los acontecimientos de la vida de Dios, dador de esa vida. Son costumbres que el pueblo cristiano ha ido creando con esa sabiduría popular que, no por sencilla, deja de ser profundamente arraigada en la fe.

La Iglesia no obliga a hacer estas celebraciones, es el pueblo mismo el que las exige, y ojalá que estas tradiciones no se pierdan y que vayan enriqueciendo cada vez más, con una mejor preparación, la fe cristiana.

Desde | http://www.desdelafe.com.mx

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