martes, 24 de marzo de 2009

25 de marzo 2008 - Día del Niño por Nacer


La celebración del “Día del Niño por Nacer” nos invita a contemplar el periodo de tiempo que todo hombre y mujer ha vivido hasta antes de abrir sus ojos al mundo creado. El progreso de la tecnología va haciéndonos más familiar y cercana aquella criatura que está en espera de nacer, descubriéndonos más rasgos de su rostro humano.

El hombre, buscador de la verdad, investiga los primeros instantes de la existencia del ser humano, cuando éste apenas es una célula; y así hoy sabemos que existe un fino diálogo de moléculas bioquímicas entre el cuerpo de la mujer madre y su minúsculo hijo, una realidad que la ciencia contempla maravillada. Por otra parte, se ha logrado que bebes nacidos muy prematuramente —que antes teníamos que conformarnos con ver agonizar— puedan ahora vivir; que enfermedades congénitas —que antes inevitablemente se agravarían a falta de una cura temprana— sean ahora vencidas por intervenciones médico-quirúrgicas dentro del seno materno. La ciencia se abre así a la verdad del niño por nacer —desde el tiempo cero de su existencia, hasta sus últimas semanas de vida intrauterina— y constata lo que él es: un ser humano, tan miembro del género humano como uno ya nacido.

El niño por nacer no es asunto de opinión, no es una fantasía, ni una ilusión; tiene todo el peso y toda la fuerza de la realidad que no se puede ignorar ni ocultar a la razón humana. De ello se sigue que la inviolabilidad de la vida humana naciente no es sólo un mandamiento de la fe cristiana, sino una ley natural inscrita en lo profundo del corazón de todo hombre y mujer, válida para creyentes —de cualquier credo— o agnósticos.

Fiel a su ministerio, el Santo Padre Benedicto XVI ha hablado recientemente de la necesidad del coraje y de la valentía por buscar la verdad, alentado a “mantener despierta la sensibilidad por la verdad”, insistiendo en “invitar una y otra vez a la razón a buscar la verdad, a buscar el bien, a buscar a Dios”.

Acojamos ese llamado, abrámonos a la verdad del niño por nacer y seamos coherentes con ella. Ello implica decirle “no” a la mentira del aborto, al engaño de la fertilización in vitro, a la infame manipulación de embriones; porque inevitablemente comportan la muerte de un ser humano. Esos niños —embriones o fetos— tienen derecho a ser tratados según su dignidad y a nacer.

La verdad de la Vida que hoy resucita y se alza triunfadora del pecado y de la muerte brillaba ya en el seno purísimo de María Virgen, cuando con su “sí” generoso aceptó ser la madre de ese niño por nacer que era el Hijo de Dios. Que Ella proteja a los pequeños que en nuestro país corren el riesgo de ser impedidos de nacer al mundo; y a nosotros nos obtenga la gracia de mantenernos fieles a la Verdad y de comprometernos con la Vida.

http://www.iglesiacatolica.org.pe

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