jueves, 10 de abril de 2008

Debemos saber que es mejor si ser padres o ser amigos


¿Está pagando el precio de tratar a su hijo de igual a igual? Es posible retomar el camino

-No voy a ordenar mi habitación, ni a juntar mis juguetes -contestó de manera caprichosa Mariano, de nueve años-. Hoy no tengo ganas de hacerlo y no lo voy a hacer.

"Mi hijo me sorprendió con este débil argumento cuando le pedí que ordenara su cuarto y se fuera a bañar antes de cenar. Entonces empezamos una larga discusión acerca de por qué debía ordenar su habitación; yo le decía que era mejor tener sus cosas ordenadas y limpias, pero ni siquiera me escuchaba. Finalmente, lo obligué a que acomodara su cuarto y se dé una ducha", afirma Eugenia de Tenorio Núñez, madre además de dos nenas de 10 y 7 años.

Con demasiada frecuencia se les pide opiniones a los hijos acerca de lo que tienen que hacer; se los trata de igual a igual. ¿Y qué se consigue? Muchas respuestas insolentes e inesperadas. No son pocos los padres a los que les ocurren estos cotidianos inconvenientes: muchos se quejan de lo mismo.

"Recuerdo que cuando era chica bastaba con que mi madre me mirara directo a los ojos con expresión seria para saber que debía callarme y no hacerme la caprichosa; ni hablar si el que me miraba era mi padre", cuenta Florencia Noguera, madre de dos chicos de 11 y 3 años y una nena de 8, de Béccar, Buenos Aires. "Hoy, con eso no alcanza; a veces hasta se quejan de la cara que pongo".

No es solo que los padres estén confundidos por los consejos contradictorios que dan los libros sobre la crianza de los hijos. El problema es que, por pretender educarlos de otro modo -por apartarse del "aquí mando yo" de los propios progenitores-, se ha llegado demasiado lejos. "Los padres quieren actuar como pares, pretenden ser más modernos y tratan de ser amigos de sus hijos -explica Dolores Dimier, orientadora familiar a cargo del Taller de Padres del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral de Buenos Aires-. Entonces se culmina en un ambiente familiar donde todo está sujeto a negociación, ya que los padres no saben cómo poner límites y cómo sostenerlos".

"En cuanto a disciplina, hemos pasado de un extremo al otro", agrega la psicóloga Laura Mansour, directora del Centro de Atención Psicológica, de Buenos Aires. "Primero se usaba la intimidación, el límite asociado al miedo; luego los padres se volvieron permisivos, y no aprendieron a fijar límites. Lo ideal es hallar un punto de equilibrio y poner límites con amor".

Según Diana Rizzatto, vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar, la verdadera disciplina se logra a través de la educación (de hecho, la palabra disciplina significa enseñanza en latín). "Es totalmente válido corregir a los niños cuando hacen algo mal -dice-, y enseñarles así la manera adecuada de comportarse". Pero advierte que esto funciona solo cuando los padres recuperan su autoridad.

¿Quién manda?

"Los padres no deben convertirse en amigos de sus hijos -señala la psicóloga Andrea Saporiti-. Porque los amigos están en una situación de igualdad y los padres no". ¿Qué se puede esperar al negociar con niños de tres o cinco años que no entienden que la palabra de un padre pesa más que la de un amiguito del jardín de infantes?

Eugenia de Tenorio Núñez no deja de asombrarse con las reacciones de los chicos cuando sus padres los van a buscar al colegio o a los cumpleaños. "No creo que haya que generalizar, pero hay padres que le tienen miedo a sus hijos", dice. Ella se encarga de organizar las reuniones de los padres en el colegio y a menudo observa cómo los chicos se empecinan en que les compren determinado juego electrónico o golosinas, y aunque las madres no quieran, terminan por ceder ante la insistencia del chico. "Recuerdo que en un veraneo, a cada rato los chicos de una familia amiga les pedían a los padres cada cosa que los vendedores ofrecían en la playa: helados, gaseosas, panchos, pirulines. Los padres se lo compraban y gastaban mucho dinero. Es una manera de sacarse a los hijos de encima y lograr que no molesten por un rato, pero en definitiva así los están maleducando. Y cuando se dice a algo que no, hay que mantenerlo", asegura.

Carina Molinari*, madre de dos chicas de 15 y 14 años, y de un varón de 7, se ha resistido a esta tendencia, y se siente satisfecha con ello. "Hay ciertas cuestiones que no negocio con mis hijos -expresa-. Pero hay padres que permiten a sus hijos acostarse tarde o ver mucha televisión con tal de que estén contentos con ellos. No se debe obtener así el amor y el respeto de los chicos".

Rizzatto agrega: "El error consiste en que con estas actitudes se crían niños que en el futuro van a creer que prima la situación individual a expensas de una mejor inserción social."

Los padres pueden remediar esto, y un buen comienzo es recordar que no se trata de algo nuevo: los niños siempre serán niños. La clave es dedicar tiempo a educarlos.

Sea un padre, no un amigo

El primer paso para recobrar la autoridad es desechar la idea de ser "amigo" de sus hijos. "Cualquiera puede ser amigo de mi hijo -afirma Cristina Alais, orientadora familiar y coordinadora del taller de padres junto a Dimier- pero solamente yo puedo ser su madre.

"Los padres son quienes deben conducirlos para que comprendan las reglas y los límites. Se puede tener una muy buena relación con los hijos, pero guardando siempre las jerarquías".

Saporiti agrega: "Tener una relación de confianza con los hijos no impide fijarles límites. Esto les brinda seguridad".

Toda la familia se beneficia cuando las reglas se establecen desde el principio. Florencia Noguera siempre ha fijado límites claros a sus hijos: "Les pego las reglas en la puerta de la heladera: por ejemplo, no mirar televisión más de dos horas por día, no tomar gaseosas en la semana, no encender el televisor mientras usan la computadora". Dice que esto a la larga rinde frutos.

Su experiencia es similar a la de Malena Porta, madre de tres chicas de 10, 12 y 15 años y de un varón de 17, quien cuenta que en su familia las reglas claras, como levantarse de la mesa recién cuando todos hayan terminado de comer, son innegociables. "El mayor ya maneja. Siempre trato de saber en dónde está y a qué hora va a volver a casa. Pero si se queda más tiempo en algún lugar, él sabe que tiene que llamar y avisar. Como a todo adolescente, mucho no le gusta pero lo respeta".

Establezca reglas apropiadas para cada edad. Según Saporiti, los chicos de entre tres y cinco años, por ejemplo, deben poder vestirse solos -con cierta ayuda-, ordenar los juguetes y tomar decisiones sencillas, como negarse a comer más si ya se sienten satisfechos. Aquellos que tienen entre cinco y diez años deben preparar la mochila para la escuela y hacer la cama, y orillando los diez años, administrarse el dinero para algún bocado a media mañana, por ejemplo.

Conforme su hijo vaya creciendo, ofrézcale opciones. Saporiti sugiere decirle: "Hay que ponerse el pulóver, ¿cuál preferís el azul con blanco o el rojo liso?". El abrigo no es negociable, pero el chico puede elegir cuál ponerse.

Ser coherente


La constancia es esencial para que los límites funcionen. "Sea firme y mantenga una coherencia entre lo que dice y lo que hace -aconseja Mansour-, porque si no se respeta las pautas que uno establece se genera confusión".

Florencia Noguera comenta: "Escuché a padres decir: 'No te voy a dar tal cosa a menos que te portes bien', pero el chico se porta mal y de todas formas obtiene lo que quiere. ¿Cuál es la lección?"

Florencia recuerda un incidente con su hijo de 11 años hace un tiempo. "No sé por qué motivo, Benjamín se peleó con su hermana y terminó pegándole. Ya había ocurrido un par de veces y lo había reprendido quitándole la posibilidad de ir a la casa de algún amigo. Cuando vi la situación, no me importó la razón por la que mi hijo quería justificar su accionar, se había equivocado. Se quedó sin mirar un partido de su equipo preferido de fútbol, deporte que lo apasiona. Él sabía de las consecuencias".

"La disciplina exige firmeza -señala Rizzatto-. Uno no debe ceder solo para poner fin a un capricho. Hay que ser coherente en los mensajes que se da a los chicos sobre lo que se espera de ellos".

En una ocasión, el hijo de Malena Porta entró a su casa y tiró su mochila en el medio del living. "Me quedé parada en el lugar, hasta que salió de la casa con su mochila al hombro, volvió a entrar y la dejó acomodada en su habitación".

¿Cuál es el propósito de la firmeza? Que los niños aprendan autodisciplina.

Observe y ayude

Dimier aconseja inculcar la disciplina de manera positiva: "No se trata de castigar y quitar cosas, sino de observar y ayudar, sin importar cuánto tiempo tome". Si su hijo se pone caprichoso en un negocio, comenta Dimier, tómelo de la mano y salga a la calle. "El mensaje es claro en un momento determinado: usted no soportará el mal comportamiento".

"En mi casa, el castigo no va", asegura Carina Molinari.

"Para lograr que mi hijo de 7 años hiciera la tarea, le quitaba la televisión, los jueguitos... no conseguía ningún resultado.

"Pero he adoptado con éxito la técnica de vigilar y ayudar. Cuando el chico se queja de la tarea, solo le digo que no tiene opción. Espero a que saque sus libros y le pregunto qué hizo en la escuela, en matemática, en lengua.

"Le inculqué un hábito: cuando llega de la escuela, le sirvo la merienda, juega un rato, se da un baño y luego se sienta a hacer sus tareas en la cocina, donde puedo observarlo mientras preparo la comida.

"Con el tiempo, logré que adoptara esta rutina, y ahora ya hace la tarea sin que se lo ordene".

Respeto mutuo

Una vez que recupere la autoridad, mantenga abierta la comunicación con sus hijos. "Escúchelos y sepa en qué momentos quieren contar sus cosas -dice Saporiti-, pero también comparta sus experiencias. Si solo se limita a preguntarles cómo les fue en el día, parecerá un interrogatorio y la respuesta más probable será: me fue bien. Hay que encontrar los momentos de charla en lo cotidiano de cada familia: hay chicos que hablan mientras se están bañando o antes de irse a dormir; es ese el tiempo de prestarles su atención".

Saporiti ha tratado a chicos y adolescentes que se quejan de que no se comunican con sus padres porque éstos nunca les hablan de sí mismos. "La comunicación es una calle de ida y vuelta. Los padres también deben contarles lo que hacen".

Es indudable que uno recibe lo que da. Es un concepto sencillo, pero a veces se tarda en comprenderlo y practicarlo. Teniendo presentes estos principios de una buena crianza, la vida familiar puede ser más relajada y se puede discutir menos con los hijos. Los chicos perciben estas normas como una muestra de afecto.

Mariano, el único hijo varón de Eugenia, comenzó a recibir a su madre con dibujos de bienvenida a la llegada de algún viaje de trabajo. Francisca, la hija de Florencia de solo ocho años, cierto día a la vuelta del colegio le preguntó a su mamá: Cuando yo sea grande, ¿me vas a ayudar a educar a mis hijos como vos lo hacés conmigo?

Desde | www.siuxy-mujeres.com

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