domingo, 4 de octubre de 2009

Embarazo adolescente: desde donde viene el problema?


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En Argentina, cada año, nacen 100.000 bebés hijos/as de madres adolescentes y el 15 por ciento del total de embarazos se produce en chicos y chicas menores de 20 años. Se necesita implementar la educación sexual en todos los colegios para garantizar el derecho a la información. Sin embargo, nuevas miradas plantean apoyar a las madres y a los padres jóvenes y ofrecerles más oportunidades que condenas.

“Lo que más me pesaba era sentir que les había hecho daño a mis viejos. En el fondo me sentía culpable. ¡Cómo Natalia va a hacer una cosa así! Una cosa que no entraba en ningún libro”, le contó una joven a Ana Jusid en el libro Cuadernos de la semilla. Historias de madres adolescentes, de Editorial Marea, que busca revolver la visión sobre el embarazo en la edad en la que las chicas deben estudiar, ir a bailar y pensar en qué carrera seguir. ¿Deben? Ana Jusid, con una maestría en Historia y autora de un ensayo sobre Las niñas mamás, cuestiona ese “deber ser” y la mirada social que –como a Natalia– hace sentir en falta a las chicas que tienen hijos antes de los 30 –aunque después les dicen que se apuren para llegar a madres sin pisar los 40– y las catalogan en rojo en el boletín de calificaciones vitales.

“Creo que hay que cambiar de vereda, mirar desde otro lado, no con la mirada piadosa de quien observa a un enfermo sino con la mirada activa y lúcida dispuesta a descubrir por dónde pasa nuestra ideología, es decir, nuestras ideas falsas acerca de la maternidad y la paternidad adolescente. Por eso, propongo descubrir nuestro pensamiento colonizado para ir construyendo uno propio, de nuestros países, según nuestro sur, nuestros orígenes, nuestro mirar el mundo”, apuesta Jusid.

El dilema sobre la maternidad y la paternidad en la adolescencia no es sencillo. El 26 de septiembre, Día Mundial de Prevención del Embarazo No Planificado en Adolescentes, el Centro Latinoamericano Salud y Mujer (Celsam), en una iniciativa patrocinada por Bayer, recordó que cada año nacen, en la Argentina, 107.109 hijos/as de madres adolescentes, según datos del Ministerio de Salud de la Nación.

El objetivo de la campaña es facilitar la discusión abierta sobre salud sexual entre los jóvenes y reducir la incidencia de embarazos no planificados y abortos clandestinos. Este año, la Legislatura porteña promulgó la ley 3091 que instituye “La Semana de Prevención de Embarazo Adolescente No Planificado” y el 26 de septiembre de cada año como “Día de la Prevención del Embarazo Adolescente No Planificado”, generando acciones de prevención y promoción de la salud sexual y reproductiva en el ámbito de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

No es cuestión de cuestionar que los y las adolescentes estén informados, cuando aún en las escuelas secundarias de todo el país la aprobada Ley de Educación Sexual Integral no es un derecho que les llega a todos los alumnos y alumnas. Por supuesto que cada chico y chica debe saber cómo cuidarse de un embarazo no deseado, del VIH y de enfermedades de transmisión sexual. “El conocimiento del cuerpo y el uso de los métodos anticonceptivos es tan importante como aprender a leer y a escribir. Que se niegue el acceso a todo ello habla del control que ciertos grupos desean ejercer sobre nuestras cabezas y cuerpos”, apunta Jusid, que no intenta volverse una promotora –a usanza de Sarah Palin, la conservadora ex candidata a vicepresidenta norteamericana– que mostraba a su hija embarazada como una bandera religiosa y antiaborto.

¿Pero qué pasa cuando ya se pasa el momento de la prevención –o los y las adolescentes quieren y buscan un hijo o hija– y hay panza, parto y pañales? “Hay que hablar de prevención, pero lo primero que hay que prevenir es el maltrato de la sociedad sobre las y los jóvenes que han decidido –o no– ser madres y padres en la adolescencia, el abuso ejercido sobre ellos, sobre sus hijos y sus familias: los insultos, las denigraciones, los gritos, los robos de sus hijos”, describe Jusid.

Tal vez, el debate es cómo se mira y se cataloga a las panzas sub-20. “El embarazo adolescente es una problemática seria y creciente a nivel mundial”, dice el Celsam. Y ahí está el contrapunto: Jusid propone otro punto de vista. “El riesgo fundamental no es ser madre y padre en la adolescencia, sino que ellos –los jóvenes y sus hijos– corren en nuestra sociedad que no los comprende, los juzga, los margina y los abandona”, cuestiona. “Si hablamos de derechos, ¿tienen derecho las y los jóvenes a elegir?, ¿pueden hacerlo?, ¿podremos respetar sus elecciones?, ¿tienen derecho a equivocarse cuando eligen, igual que los adultos?, ¿cómo pensar todo esto?, ¿alcanzan los viejos conocimientos?”, interroga y retruca: “¡Habrá que imaginar teorías nuevas!”.

¿Es un problema que no tengan educación sexual para poder decidir si ser madres o padres? ¿Es un problema que sean madres y padres jóvenes? ¿O es un problema que queden excluidas/os de otros proyectos de vida por falta de vacantes para estudiar, ausencia de jardines maternales en colegios de nivel medio, terciarios y universitarios y poco apoyo estatal, familiar y privado para que los hijos e hijas no sean una traba en el crecimiento, sino una manera de crecer con ellos?

Otro dato polémico es que el 90 por ciento de las madres adolescentes dejan los estudios, por ejemplo, en la provincia de Buenos Aires. Tres de cada diez chicas se sacan el guardapolvo no bien se enteran de su embarazo, y cerca del 44 por ciento sigue con las carpetas aún después del nacimiento de su bebé, pero, al poco tiempo, dejan de ir a la escuela.

“La relación entre embarazo, maternidad adolescente y deserción escolar no es unívoca e inevitable”, cuestiona la licenciada en Educación Paula Fainsod, autora del libro Embarazo y maternidad adolescente en la escuela media (una discusión sobre las miradas deterministas de las trayectorias escolares de adolescentes embarazadas y madres en contextos de pobreza). “Existen diferentes y desiguales experiencias escolares. Hay adolescentes que, a partir de sus embarazos y maternidades, deben dejar la escuela y otras muchas que ya estaban afuera de la escolarización. Sin embargo, de acuerdo con las investigaciones desarrolladas, cuando la escuela abre las puertas, se construyen estrategias institucionales para la inclusión, se cuenta con resortes políticos, becas, ley de inasistencias justificadas (símil a la licencia por maternidad en el ámbito laboral) para alumnas madres, las desigualdades educativas pueden atenuarse”, estimula la educadora.

¿Las madres adolescentes dejan el colegio porque la maternidad juvenil es sinónimo de fracaso o porque el Estado las condena a ese fracaso sin proyectos de inclusión escolar? ¿Qué pasaría si las mujeres adultas no tuvieran cuidadoras, abuelas o jardines maternales para dejar a sus hijos/as mientras ellas trabajan? Fainsod explica posibles soluciones y actuales trabas para que la maternidad sea una forma de crecer y no de detenerse: “Cuando las instituciones acompañan y dan lugar a las diversas experiencias, las adolescentes madres y/o embarazadas encuentran en las escuelas un lugar donde reencontrarse con lo juvenil, se sienten nombradas y convocadas y resignifican los estudios. Claro que, y sobre todo en los sectores que sufren procesos de marginalización, se presentan obstáculos que pueden poner en tensión la posibilidad de continuar los estudios, no ya por el embarazo y la maternidad, sino por condiciones de desigualdades previas”.

La otra mirada sobre las embarazadas adolescentes no hace una oda de la gestación juvenil, sino del apoyo que requieren las jóvenes: “No se trata de negar las fragilidades que sufren las y los adolescentes a partir de estos fenómenos, sino de visibilizar que el vínculo con la escolaridad a partir del embarazo y la maternidad tiene íntima relación con las posibilidades que ofrecen las sociedades y las instituciones a estas y estos adolescentes para que sus experiencias no devengan necesariamente en deserción escolar”, diferencia Fainsod.

“Hay una gran injusticia”, plantea, también, Jusid. “Si se piensa que está mal tener hijos en la adolescencia, ¿por qué se los abandona a su suerte: no se los ayuda ni a conseguir trabajo, ni vivienda ni a capacitarse? Y se pregunta, aún más provocativa: “¿Hay que disminuir las cifras de madres adolescentes?”. O, patea el tablero de las cuestionadas nueve lunas (supuestamente) antes de tiempo: “¿Y si la maternidad adolescente es un grito contra la exclusión?”.

Desde | Pagina 12

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