lunes, 5 de octubre de 2009

La conducta alimentaria de niños autistas


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Este trastorno del desarrollo provoca conductas negativas que dificultan la adaptación a una alimentación adecuada

Los trastornos generalizados del desarrollo, a pesar de su etiología diversa, se caracterizan por un déficit en múltiples áreas funcionales que conlleva un retraso y desviación de los procesos normales de desarrollo. Una de las áreas afectadas está relacionada con el comportamiento y, en concreto, con la conducta alimentaria. Durante años se han ignorado los problemas de conducta alimentaria y de salud asociados a los trastornos del desarrollo. No se les ha aplicado la atención y el tratamiento preciso, en muchos casos de carácter dietético. Las prácticas anormales de los niños con Trastornos del Espectro Autista (T.E.A.), denominación clínica del autismo, se expresan de diferentes formas y les dificultan la adaptación a una alimentación adecuada. La incorporación tardía de alimentos sólidos y nuevos o la dificultad para masticar son algunas de ellas.

La atención integral de los menores con autismo pasa por conocer las alteraciones en su comportamiento alimentario, aunque la causa no esté clara. Se ha aceptado que su aparición está relacionada con los patrones restrictivos e inflexibles típicos de estos niños (conductas estereotipadas o dificultades para asimilar los cambios), pero en los últimos años se aborda el posible origen asociado a alteraciones orgánicas, como alergias e intolerancias alimentarias, o a problemas de malabsorción intestinal.

Conducta alimentaria negativa

Desde la Unidad de Salud Mental Infanto-Juvenil y la Unidad de Nutrición Clínica y Dietética del Hospital Universitario Virgen de las Nieves, en Granada (España), se llevó a cabo un estudio de diseño transversal y retrospectivo de casos y controles. La muestra estaba constituida por 46 niños y adolescentes autistas (casos), además de 30 controles escogidos entre los hermanos sanos. El objetivo fue examinar los hábitos alimentarios y el comportamiento de los participantes y precisar las conductas alimentarias atípicas.

Los padres cumplimentaron una encuesta dietética completa. Se incluían cuestiones relativas a la alimentación materna, las dificultades en la nutrición de los recién nacidos y de los niños durante la primera infancia, el diagnóstico de alergias alimentarias o de otra índole y los trastornos digestivos (estreñimiento, diarreas, meteorismo), otros trastornos de los hijos (irritabilidad, hiperactividad o problemas de sueño), las infecciones recurrentes que requirieron antibiótico, así como los hábitos, preferencias y aversiones alimentarias.

Los resultados del estudio muestran lo mismo que han constatado otras investigaciones semejantes: los niños autistas tienen más retraso en el desarrollo del área de la alimentación. En ellos es más difícil la incorporación de alimentos sólidos y nuevos, tienen más problemas para masticar, aprenden más tarde a beber en vaso, su capacidad para usar la pajita es menor y comen más deprisa. Según la muestra, el 47,8% de los niños autistas no bebían directamente del vaso a los 15 meses, en comparación con el 6,7% de sus hermanos sanos. A uno de cada tres se le diagnosticó conductas de pica y fueron quienes rechazaron los alimentos en mayor medida, tanto por el tipo de comida como por su textura (72% frente al 40%).

Hay evidencia de que el retraso en el desarrollo de la conducta alimentaria propia de la edad afecta a entre un 30% y un 70% de los niños autistas. Así se refleja en un análisis de "The New England Center for Children" de Southboro (Estados Unidos). En él, comprobaron cómo la aceptación de los alimentos era peor en niños con autismo o trastornos generalizados del desarrollo no especificados. Desde el Penn State Harrisburg, de la Pennsylvania State University (Estados Unidos), corroboran que la gama de alimentos que comen los niños con autismo es mucho menor.

El conocimiento de las alteraciones en el comportamiento alimentario de estos menores es de gran interés porque permitiría diseñar pautas dietéticas específicas, corregir deficiencias nutricionales asociadas y mejorar su atención integral.

Algunos autores recomiendan una intervención que incluya, además de las estrategias psicodinámicas, biológicas y educativas, los enfoques dietéticos como complemento para el tratamiento del autismo. Sin embargo, no está claro el tipo de dieta que se debe seguir. Los objetivos terapéuticos son variados: desde la modificación del menú para mejorar la flora intestinal, hasta la suplementación con vitaminas y probióticos para potenciar las defensas del organismo.

Estudios recientes constatan el efecto positivo de las dietas sin gluten y sin caseína en los niños autistas. Se han detectado péptidos anormales en la orina atribuidos a la incapacidad del organismo de descomponer esas proteínas en los aminoácidos. Las sustancias más problemáticas son el gluten y la caseína de la dieta. Estos componentes mal metabolizados producirían los neuropéptidos caseomorfina (derivada de todos los productos lácteos) y gliadinmorfina (procedente de cereales como el trigo, la avena, el centeno, la cebada y el triticale), que pasarían al torrente sanguíneo y de ahí al cerebro, donde actúan como los opioides endógenos y provocan toxicidad. Esto explicaría parte de los síntomas autistas.

La Cochrane Database Systematic Reviews ha realizado la única revisión sobre el tema. Tras una búsqueda exhaustiva en la bibliografía, los autores identificaron sólo un ensayo controlado aleatorio que cumplía los criterios de selección de la publicación científica. En el ensayo, se aplicaba la dieta libre de gluten o libre de caseína como intervención para mejorar el funcionamiento conductual, cognitivo y social en individuos con autismo. Los resultados del ensayo indican que una dieta combinada, libre de gluten y caseína, puede reducir algunos rasgos autistas. Pero el ensayo fue de pequeña escala, con sólo diez participantes en el grupo de tratamiento y diez participantes en el grupo de control.

El resto de estudios sobre el tema contienen deficiencias: diferente metodología, pequeño tamaño de la muestra, uso de diferentes criterios de diagnóstico, heterogeneidad de la evaluación de datos y la interpretación de los mismos. Pese a los positivos resultados encontrados, se necesitan más ensayos controlados aleatorios de gran escala y de buena calidad antes de generalizar el uso de este tipo de dietas en personas con autismo.

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¿Dieta sin gluten y sin caseína?

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